LA IZQUIERDA WOKE COMO HISTERIA ADOLESCENTE COLECTIVA QUE DILUYE LOS LÍMITES PSICÓTICAMENTE
La izquierda woke como histeria adolescente colectiva que diluye los límites psicóticamente
La sociedad posmoderna secular y multicultural se caracteriza por su iconoclasia de profusión de símbolos: iconos y vías de pensamiento que se multiplican día a día de manera exponencial, convirtiendo la cultura en líquida al carecer de rumbo, apoyos fijos o jerarquías mediadoras.
Keith Hayward, profesor de Criminología en la Universidad de Copenhague, en su libro Infantilised: How Our Culture Killed Adulthood alerta de que la cultura occidental contemporánea ha matado la madurez adulta. No solo retrasa la llegada a la adultez, sino que la desincentiva, la ridiculiza y la sustituye por una infantilización permanente de la población. Vivimos en una sociedad de “kidults” (adultos-niños) que celebran la inmadurez como algo deseable, mientras la adultez se percibe como aburrida, represiva y prescindible.
Esta cultura consume en gran medida productos de entretenimiento y estética destinados al público infantil, tales como películas de superhéroes, indumentaria infantilizada y lenguaje regresivo. La publicidad y el marketing apelan constantemente al “niño interior”. Se ha producido la muerte de las etapas vitales: la sociedad ha colapsado las fases del desarrollo humano.
La obsesión por la protección excesiva, los "espacios seguros", la aversión al peligro y una escasa tolerancia a la frustración producen adultos con escasa resiliencia. La educación, el empleo y las relaciones interpersonales han adquirido una naturaleza terapéutica, priorizando el bienestar emocional inmediato por encima del crecimiento, la responsabilidad y la integridad personal.
Los políticos actúan como “infantócratas”: tratan a los ciudadanos como niños mediante paternalismo, promesas de seguridad total y moralismo simplista. A su vez, los ciudadanos exigen ser tratados como tales: víctimas perpetuas que demandan protección constante del Estado, mermando gravemente su autonomía.
Todo esto no es un proceso natural ni accidental. Es ingeniería social a gran escala, promovida de forma consciente, aunque con agendas opacas y multicapa. Una convergencia de intereses entre ideólogos (Escuela de Frankfurt, Marcuse), tecnólogos, políticos y grandes corporaciones que se benefician de una población infantilizada, fragmentada y sin capacidad de rebelión adulta.
Esta dinámica exhibe una correspondencia extremadamente directa y perturbadora con los mecanismos de control tradicionales empleados por las sectas. El caso de Charles Manson y la “Familia” es especialmente impactante porque no reclutó a marginales, sino a adolescentes y jóvenes de clase media, muchos de ellos chicas de buena familia, educadas y aparentemente normales. En pocos meses los convirtió en asesinos fanáticos.
Manson aplicó magistralmente los mecanismos de infantilización más disolución de límites: rompió sus sujeciones anteriores (familia, moralidad convencional, realidad compartida), les ofreció una profusión de nuevos símbolos (su mitología racial, el “Helter Skelter”, rituales, sexo libre, drogas), generó una regresión masiva al estado infantil y eliminó el auriga platónico, dejando sueltos los caballos de las pasiones.
La cultura contemporánea está creando las condiciones de una secta blanda a escala masiva, sin necesidad de un Manson carismático. La profusión simbólica constante (identidades de género, nuevas causas morales, algoritmos, memes, cancel culture), la disolución sistemática de límites y la infantilización emocional actúan como Manson distribuido. Cualquiera puede cruzar ese umbral si se dan las condiciones adecuadas de regresión más disolución de límites más un nuevo sistema simbólico totalizador.
La analogía entre la mentalidad woke-multicultural-secular actual y la fase adolescente no es una simple metáfora, es un diagnóstico preciso. La izquierda contemporánea exhibe, a escala social, todos los rasgos característicos de la adolescencia: rechazo furibundo de la autoridad parental (la tradición), atracción hipnótica por lo ajeno, presentismo radical, negación de límites y una iconofobia sofisticada.
Neurobiológicamente, la adolescencia es un período de reconfiguración cerebral con poda sináptica masiva en la corteza prefrontal. Esto genera irritabilidad ante la voz de los padres (tradición y civilización occidental), atracción por lo novedoso (multiculturalismo) y un egocentrismo temporal donde solo existe el “ahora” (secularidad). El adolescente necesita profanar los símbolos familiares para afirmarse.
Trasladada al plano colectivo, la izquierda woke funciona como una sociedad eternamente adolescente: rechaza a sus “padres” (la civilización grecorromana-cristiana) y se enamora compulsivamente de cualquier cultura foránea, especialmente la islámica. Vive en un presente perpetuo, sin continuidad histórica, sin raíces ni futuro, con el lema implícito de “no hay límites”. La templanza, el arraigo y la prudencia se consideran virtudes represivas.
El caso del carromato farandulero de La Mercè 2025 es paradigmático. El autor genera un nuevo icono tangible con estructura de retablo barroco-circense (símil del Helter Skelter) que, sin destruir directamente la imagen de la Virgen, la desplaza mediante profusión simbólica en una burla sofisticada: “No somos iconoclastas, estamos creando”.
Cuando todo puede ser icono, nada es verdaderamente sagrado. Esta disolución permanente de límites es, en sí misma, un rasgo psicótico colectivo.
La fase de rebeldía es transitoria en el individuo, pero cuando se vuelve permanente en una cultura, produce regresión colectiva.
Esto se observa claramente en Barcelona: la ridiculización de la Mercè, la sustitución de belenes por “paisajes inclusivos”, el cambio de nombre de las fiestas y la deferencia hacia el Ramadán, mientras se acusa de fascista a quien defiende la memoria y los límites. La izquierda woke no es progresista. Es regresiva. Porque el progreso verdadero es un ascenso jerárquico desde lo más bajo hacia el Uno neoplatónico, y la izquierda denuesta cualquier catarsis o purificación del deseo mediante la razón.
Cuando el ayuntamiento de Barcelona invita a Casablanca a las fiestas de la Mercè, justificando su alcalde Jaume Collboni que “la comunidad marroquí en Barcelona es muy importante”, y retira la procesión de la patrona —símbolo de la redención de cautivos cristianos esclavizados por los corsarios musulmanes del norte de África—, se sintoniza perfectamente con el adolescente que trae a sus amigos a casa y pide a sus padres que no se dejen ver porque les avergüenzan. Y una burla a nuestro saber popular: “No hay moros en la costa” como señal de alivio cuando los vigías confirmaban que no había peligro de razias.
La verdadera madurez civilizatoria consistiría en superar esta fase adolescente: integrar lo mejor de la tradición con la capacidad crítica adulta, recuperando la iconódula ordenada, el respeto por las raíces y la conciencia de límites. Recuperar el civis frente al socius eterno. Entrar en la fase adulta cuando la corteza prefrontal toma el control ejecutivo, refrenando los impulsos. A la sociedad socialista le da igual quién le siga, mientras le sea fiel. No distingue entre gente noble o asesinos, violadores, y es capaz de sustituir su propio pueblo por otro si con eso obtiene votos para perpetuarse. No tiene límites. Y sus fieles, atrapados en la adolescencia ideológica, ayudan como hijos desagradecidos a destrozar la casa heredada, abriendo las puertas a cualquiera, convencidos de que su rebeldía infinita es virtud y no suicidio cultural.
Elena Catalán Muñoz: Psicopompo y filósofa mística esotérica

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