LA DISFORIA DE GÉNERO DE INICIO RÁPIDO ES UNA HISTERIA COLECTIVA

 LA DISFORIA DE GÉNERO DE INICIO RÁPIDO ES UNA HISTERIA COLECTIVA

La disforia de género inicio rápido (DGIR) es una enfermedad psicogénica de masas, es decir; una histeria colectiva o psicosis colectiva, ligada a la cultura occidental, como las epidemias de bulimia y anorexia. Estos comportamientos obsesivos colectivos se diferencian de la histeria común en que se contagian, replicando unos mismos síntomas entre distintos individuos de una misma sociedad o comunidad. En este caso la comunidad trans.

Histeria significa útero y multitud de mujeres jóvenes a día de hoy, están demandando y realizándose histerectomías para extirparse el útero sin una causa medica justificada. Esto es terrible, pues las evidencias sostienen que extirparse el útero o los ovarios, está vinculado a sufrir un mayor riesgo de sufrir demencia o Alzheimer precoz, por mencionar sólo uno de los muchos males que esta práctica entraña.

¿Y qué arrastra a las jóvenes a demandar tal dislate para sí?¿Qué las lleva a extirparse el útero, amputarse los senos y mutilarse los genitales? La respuesta no es amable, es histeria, en este caso colectiva. La histeria se suele dar como vía de escape a la opresión o contención social, por lo que es más propia en mujeres que en hombres. Mediante la histeria colectiva se da una abrupta fuga disociativa de uno mismo, marcada por el frenesí en la que los sujetos pueden infringirse daño voluntariamente, adquirir conductas peligrosas para sí y los demás, mostrarse desinhibidos, exhibicionistas, obscenos para luego caer en la amnesia.

<<Las enfermedades psicogenéticas de masas suelen brotar en situaciones de gran estrés psicológico como guerras, hambrunas, pero también crisis económicas, sociales, etc. Y tienen en común que todas se resisten a los tratamientos convencionales.>>[1]

Estos brotes de síndromes culturales pueden durar meses, años. Y encontramos un amplio abanico de ellos: el Amouk o Mata elap, el Piblokktog, el Windigo, el Bouffée delirante, el Zar, el Hsieh-ping, el Siknis, los Folie à Deux, pero también son trastornos psicóticos compartidos los éxtasis religiosos, el síndrome de Stendhal, las posesiones demoniacas “neurosis demoniacas”, las auto castraciones como las de los Skoptsy, o el mítico frenesí báquico.

El psiquiatra y psicoanalista Pichon Rivière, subrayó que muchos de sus pacientes tenían retardos afectivos no relacionados con lesiones orgánicas sino con la mala educación emocional recibida, dicha carencia les llevaba a tener problemas sexuales y presentar debilidad mental. Riviére a estos retardos los denominó oligotimias en contraposición a la oligofrenias fruto de alteraciones nerviosas. Sobre ello puntualizó:

 <<los oligotímicos eran susceptibles de ser educados (no “reeducados”, ya que en realidad no habían sido educados) buscando para ello una terapia pertinente. Es decir, se trataba de enfrentar problemas de aprendizaje y comunicación.>>[2]

Abigail Shrier por lado advierte en su libro “Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas”, que:

<< En la mayoría de los casos  ̶  casi el 70 por ciento ̶ , la disforia infantil se resuelve. Históricamente afectaba a una pequeña parte de la población (alrededor del 0,01 por ciento) y casi en exclusiva a los chicos. De hecho, antes del 2012 no había literatura científica sobre chicas de once a veintiún años que hubieran desarrollado disforia de género…¿Cómo ha cambiado el coeficiente de género y ha pasado de ser una abrumadora mayoría de chicos a la preponderancia de chicas adolescentes?>>[3]

La respuesta, lo dicho, una pandemia psicogenética de masas, como respuesta a la represión cultural de la mujer por el hecho de ser mujeres. Y lo que es más grave; respaldada y alentada por medios de comunicación y grandes corporaciones.

Además nótese la mutación de síntoma religioso o el gatopardismo, concepto que significa: “cambiarlo todo para que nada cambie”, que se está dando cuando tratamos de erradicar la mutilación genital femenina (MGF) en países subdesarrollados y en países desarrollados por el contrario se aprueba y celebra la faloplastia. Ambas prácticas aberrantes que dañan los cuerpos de las mujeres para siempre.

<<Después de señalar estas coincidencias y analogías, podríamos arriesgarnos a considerar la neurosis obsesiva como la pareja patológica de la religiosidad; la neurosis, como una religiosidad individual, y la religión, como una neurosis obsesiva universal.>>[4]

Es sexo es inmutable y tener como destino ser hombre o mujer, ya viene marcado desde el mismo momento de la concepción. El sexo no se asigna al nacer, se observa. Creer lo contrario que el sexo es mutable, que se puede nacer en un cuerpo equivocado, es una creencia religiosa, un dogma que se está volviendo cada vez más totalitario, exigiéndonos a los ateos que no lo creemos en a validarlo.

De recomendada lectura es pues el libro “Nadienace en un cuerpo equivocado. Éxito y miseria de la identidad de género”. Escrito por José Errasti profesor titular en la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo y Marino Pérez Álvarez catedrático de Psicología Clínica en la Facultad de Psicología de la Universidad de Oviedo.

También poner en relieve la labor de la Agrupación Amada, que nació como soporte o grupo de apoyo, a madres y padres con hijos adolescentes y niñas que sufren disforia acelerada. Desde esta asociación tratan de dotar a padres e hijos de herramientas de autoconocimiento para afrontar la adolescencia con éxito, en un tiempo oscuro en que planea sobre la cabeza de tantos adolescentes y niños, el despropósito de la medicación hormonal y la mutilación corporal, para satisfacer los síntomas pulsionales de la disforia de sus hijos. Medicación y mutilación a la que la sociedad empuja como ritual de paso porque está de moda.

En palabras de Abigail Shrier:

<<Ésta es la historia de la familia estadounidense, decente, cariñosa, trabajadora y amable. Quieren hacer lo correcto. Pero se encuentra en una sociedad que cada vez más considera a los padres como obstáculos, intolerables e ingenuos. Aplaudimos mientras chicas adolescentes sin antecedentes de disforia se sumergen en una ideología radical de género que se enseña en la escuela o encuentran en internet. Los compañeros, los terapeutas, los profesores y los héroes de internet alientan a estas jóvenes. Pero aquí el coste de tanta imprudencia juvenil no es un piercing o un tatuaje, Está más cerca del medio kilo de carne… Ningún adolescente debería pagar un precio tan alto por haber sido, por poco tiempo, seguidor de una moda.>>[5]

En mi libro “El Espejo de Venus. La irreductibilidad de la Diosa” trato la histeria colectiva como mutación del síntoma neurótico religioso, desvelando lo qué desea manifestar el inconsciente colectivo mediante ese <<recordar, repetir y reelaborar>> neurótico.

Todas las religiones entrañan mutilación, siendo el resultado el mismo, dolor para las victimas ya sea por su propia voluntad o la voluntad ajena.

A la que rascas estás jóvenes victimas propiciatorias, presentan como apuntaba Pichon Rivière, oligotimias, carencias emocionales de base, otras tantas han sufrido duelos no sanados, bullying, maltrato, abusos sexuales. Se estima que el abuso sexual infantil en España afecta a uno de cada cinco niños, sin distinción de estrato social, es decir; en cualquier clase de veinticinco niños de nuestro país, cinco han sufrido o sufren abusos sexuales, en su mayor parte estos abusos proceden de su entorno familiar o próximo. Otras tantas niñas que sufren de Disforia de inicio rápido son autistas, de ahí sus problemas de encaje con los demás y el asumir que algo no anda bien en ellas, pero, que como no saben interpretar, nuevamente la falta de herramientas, ahí tienen su cuerpo para mutilar, para mostrar mediante él su malestar. Por ello la epidemia de autolesiones que no para de crecer como otra histeria colectiva entre nuestras jóvenes.

Y aunque no tengas hijos, mirar para otro lado como hacen los bonobos cuando despedazan a un miembro del clan, no es una opción, pues a última instancia, los niños son responsabilidad de toda la sociedad en su conjunto dado que serán los adultos del futuro, los que dictaran las leyes en tu vejez y se te retornará tu omisión.

Para concluir, los cuerpos no se equivocan, sostener que el sexo es mutable, que un hombre puede ser una mujer o viceversa, es una falacia. La verdad se ha de sostener siempre.

<<Conquista al enojado no enojándote; conquista a los malos con la bondad; conquista al tacaño con la generosidad, y al mentiroso al decir la verdad>> Buda.

En el templo de Delfos, usurpado a la Pitón por Apolo, leemos γνωθι σεαυτόν “gnóthi seautón” <<Conócete a ti mismo>>

Lo mismo apunta el cuarto Niyama, Svādhyāya: El estudio de Sí-mismo, estudio de las escrituras espirituales.

Los Yamas y Niyamas son una suerte de preceptos morales, el primero hacia los demás y el segundo hacia nosotros mismos, y que constituyen las dos primeras bases o ramas del óctuple camino del yoga.

El primer Yama, Satya, recaba sobre la importancia de la veracidad, lo que pensamos y decimos debe estar en armonía, evitar el ensoñamiento en cuyas garras es fácil creer en nuestra prepotencia.

En mi parcela de autoconocimiento, mi paradigma vital me llevó a pensar que el autoconocimiento de sí es un fin que cada vez busca o en lo que trabaja más gente, sin embargo, al mirar hacia el mundo, veo que eso no es así.

Más bien veo que se ha pasado del pudor hacia lo sexual a hablar de sexo en exceso.

Sobre ello añadir que los griegos concebían al hombre ideal como casto en contraposición a los Sátiros, los del sexo pandémico, enfermo, compendio de bajos instintos sexuales y morales.

El tercer precepto del budismo es no tendrás una mala conducta sexual, similar al concepto de la castidad cristiana.

La castidad no es una negación o renuncia de la sexualidad, ni del vivir la sexualidad con libertad, es que, la sexualidad no te domine concediéndole una importancia desproporcionada, tornándote un adicto y te pervierta al corromper tu espíritu, haciendo de ti un sátiro, incitándote al mal, a cometer abusos para tu satisfacción personal. Aquí tropezamos nuevamente con otro precepto búdico, el segundo, no tomar lo que no te es dado, recogido en el yoga como el segundo Yama, Asteya, el no robaras cristiano, que implica no desear lo que no es nuestro. Es decir en la teoría Queer; no ansiar invadir los espacios femeninos, otro cuerpo que no es nuestro o alcanzar una apariencia diferente, fuera de nuestro alcance natural, que nos arrastre a deseo de mutilarnos para lograr ser lo que no somos y cuyo resultado nunca es sincero.

Meditemos más y deseemos menos, pues hacerlo no es represión, es liberación de los instintos de compulsión, lo que se logra con la meditación y el autoconocimiento de uno mismo.

Remitiéndome a Samuel Johnson:

«Los deseos desordenados, sean de la clase que sean, deben estudiarse con sumo cuidado, porque muy bien pueden no solamente ser enemigos de la felicidad sino también de la virtud.>>

Ante la vorágine consumista que nos rodea, recuerda la frase atribuida a Sócrates o Diógenes ante el puesto de un comerciante: <<Cuantas cosas que no necesito>>

Puedes leer los primeros capítulos de “Un daño irreversible” de Abigail Shrier, “Nadienace en un cuerpo equivocado” de José Errasti y Marino Pérez, y mi libro “El Espejo de Venus” en el que trato la disforia de género su relación con las enfermedades psicogéneticas de masas, a continuación de manera gratuita. 


 

 


Grabado de Hendrik Hondius del 1564 / 1642


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[1] Elena Catalán. El Espejo de Venus. España: psicopompos.com; 2022 ISBN: 9798435458688

[2] Zito Lema V. Conversaciones con Enrique Pichon-Rivière sobre el arte y la locura. Buenos Aires: Ediciones cinco; 1988 ISBN: 9789509693050

[3] Shrier A. Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas. España: Deusto; 2021. ISBN: 978-84-234-3279-0

[4] Freud S. Los actos obsesivos y las prácticas religiosas. Edición digital: Editorial NoBooks; 2019. www.nobooksed.com

[5] Shrier A. Un daño irreversible. La locura transgénero que seduce a nuestras hijas. España: Deusto; 2021. ISBN: 978-84-234-3279-0

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