EL MITO DEMOCRÁTICO DE LA IGUALDAD ESPIRITUAL: ¿POR QUÉ DIOS NO EMITE PARA TRANSISTORES DE BAJA FRECUENCIA?
EL MITO
DEMOCRÁTICO DE LA IGUALDAD ESPIRITUAL: ¿POR QUÉ DIOS NO EMITE PARA TRANSISTORES
DE BAJA FRECUENCIA?
Vivimos en la era del narcisismo horizontal, la mediocridad
como norma. La modernidad nos ha inoculado una premisa adictiva: la idea de que
todos los seres humanos nacen con la misma capacidad automática para acceder,
comprender y sintonizar lo sagrado. Hemos democratizado la espiritualidad hasta
convertirla en un bien de consumo masivo, un manual de autoayuda ligera donde
cualquiera, por el mero hecho de existir, se cree con derecho a dictar cátedra
sobre el Alma.
Este es el gran mito democrático de la igualdad espiritual.
Y es, desde la perspectiva de la hermenéutica sacra, la mentira más autolítica
de nuestro tiempo.
El universo no es una llanura homogénea; es una matriz
fractal hiperconectada. Como bien postulo en mi corpus filosófico doctrinal, el
Sempiternismo, la espiritualidad no es un asunto de fe ciega o de intenciones
bienpensantes. Es una cuestión de tecnología cognitiva, herencia inmaterial y
sintonía de frecuencia.
EL HOMBRE-TRANSISTOR Y LA CEGUERA DEL PNJ
Para comprender la fractura de este mito, debemos utilizar
la analogía del transistor. Un receptor de radio no inventa la música que flota
en el aire; simplemente la reproduce si, y solo si, sus componentes internos
están calibrados para sintonizar la longitud de onda exacta.
El drama de la masa contemporánea, el “yo de masa represor”,
es que opera como un ejército de transistores estropeados. Tienen el envase
biológico, pero su antena (el hemisferio derecho, ese territorio mudo,
analógico y simbólico) está completamente atrofiada por el ruido de la lógica
lineal, el dogma social y el algoritmo.
Cuando estos individuos miran el mundo, sufren de una
patología metafísica: no ven al ver. Se topan con las sincronías del destino,
con el laberinto de etimologías que conecta el origen de las lenguas con los
mitos, o con la geometría sagrada del azar (el Dado, el Tarot), pero solo
alcanzan a ver caos, casualidad o superstición. En la terminología más cruda
del gnosticismo contemporáneo, actúan como PNJ (Personajes No Jugadores):
decorados mecánicos del tablero cósmico que repiten líneas de código
programadas por el entorno. No es que decidan no creer en Dios; es que físicamente
son incapaces de captar la señal.
EL HOMBRE NO ES EL HIJO DE DIOS; LO ES EL GENIO
Frente a la masa automatizada se erige la figura del genio. El
genio no es el hombre que destaca por encima de los demás mediante el puro esfuerzo
académico; el genio es, estrictamente, el verdadero Hijo de Dios. Es aquel que
ha sido tocado por la gracia, intuición superior y el esfuerzo hiperfocal, que
lo promueve a un estadio capaz de conceptualizar el lenguaje de su materia
hasta llevarlo a un nivel superior, convirtiéndose en un canal limpio de la
Conciencia Universal, que capta la idea y es capaz de transcribirla al lenguaje
humano.
Todos somos “tarados”, en un sentido geométrico, fragmentos
con medida, fractales de un Infinito Absoluto, pero el genio es el único que
pilla su chiste. Y logra resolver su parte, su misión del juego. Dado que ni el
genio puede comprender todo el saber divino, solo la parte que ha tocado en
suerte desentrañar.
Ante los que conceptualizan a Dios como un ente rígido y
severo, la verdad es que su método de conexión es un sistema burlón. Dios opera
como el Gran Bufón; mediante el humor —el arte supremo de conectar patrones
ocultos en una fracción de segundo— es el idioma de la inteligencia superior. Debido
a que no hay nada más humano que el lenguaje estructurado con doble sentido,
los juegos de palabras o la abstracción conceptual. Y esta es la frecuencia en
la que opera Dios.
LA ENVIDIA DE LACTANCIA Y LA OBLIGACIÓN DEL ESLABÓN
La aristocracia del espíritu es insoportable para la masa.
Cuando el PNJ se asoma a esta ventana, experimenta un resentimiento visceral de
la criatura que intuye que no puede acceder a la Gnosis debido a su propia
desconexión estructural. De ahí nace el intento histórico de las sociedades
autolíticas por guillotinar al genio, controlar neuróticamente que no aflore la
verdad, la carencia hiriente de la masa, con textos rígidos que deben ser
entendidos literalmente sin alegorizar; y la imposición de la iconoclastia,
porque la imagen y el arte son canales mediante los que también Dios, que es
mudo, se manifiesta.
Aquí el genio se revela ontológicamente; se debe a una
cadena de conciencia indestructible. El genio tiene una obligación espiritual
implacable: no escribe para complacer a los transistores baratos, sino para
servir de eslabón al próximo iniciado. Su obra, en muchos casos una
hipersimbología convergente de difícil entendimiento para el profano, es un
mapa de carreteras dejado en el bosque para los pocos que están verdaderamente
en el camino, esos que en muchas ocasiones son tildados de locos por ver el
blanco que nadie más ve. Que no es solo intuición, vía húmeda, sino que el
pensamiento heurístico que se requiere para alcanzar el estadio de genio lo ha
alcanzado por la conjunción con un estudio profundo, vía seca.
El mito democrático ha caído. La espiritualidad no es un
derecho de nacimiento biológico; es una conquista de la autoconciencia. La
pregunta no es si Dios existe, sino si posees un receptor de señal suficientemente
potente para captar la señal y pillar su chiste divino.
Matices del sempiternismo sobre la realidad espiritual.
Elena Catalán Muñoz
La escena ilustra el capítulo 17 del libro del Apocalipsis, donde la mujer sostiene una copa de oro llena de abominaciones. Apocalipsis de Bamberg, creado aproximadamente en el año 1020 en Alemania. |

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