MANIFIESTO HERMENÉUTICO ETIMOLÓGICO CONTRA LA IZQUIERDA


       MANIFIESTO HERMENÉUTICO ETIMOLÓGICO
CONTRA LA IZQUIERDA

TOLERANCIA, EMPATÍA, IGUALDAD, SOLIDARIDAD, DIVERSIDAD SON CASTIGOS QUE EL SOCIALISMO IMPONE TERGIVERSANDO SU SENTIDO

Autor: Elena Catalán Muñoz©
Psicopompo y filósofa mística esotérica

 

INTRODUCCIÓN: ETIMOLOGÍA COMO REVELACIÓN ARQUEOLÓGICA DEL INCONSCIENTE

¿Os habéis parado alguna vez a analizar el sentido etimológico de las palabras? Yo sí, es mi pasión desde hace treinta años, porque al inconsciente no le importa lo que quieres decir, le importa lo que estás diciendo, aunque a nuestro yo, menso, se le escape.

Debido a que el lenguaje no constituye un instrumento neutro que podamos moldear a nuestra voluntad, resemantizándolo. Es un mecanismo vivo del inconsciente colectivo que emplea étimos arcaicos como revelación. Como en la Torre de Babel, cada vez que se retuerce una palabra ocultando su significado originario, se comete un acto de damnatio memoriae: se borra la memoria para imponer una nueva narración. En mis libros trato de demostrar el postulado psicoanalítico conforme el inconsciente se manifiesta precisamente ahí: en el chiste que se nos escapa, en el lapsus, en el arte, en el absurdo y, sobre todo, en el nombre que elegimos dar a las cosas[1]. Porque Dios es lo dicho, el Logos, el Verbo, del latín verbum «palabra» de la raíz *wer-5 «hablar»[2], y la palabra es ley, porque λόγος (lógos) del griego antiguo λέγω (légō) «hablar, decir, narrar; escoger; recoger»[3] del protoindoeuropeo *leg- o *leǵ- «escoger; recoger; reunir» que originó ley, por la idea que da esta raíz de contar o poner orden al reunir  elementos físicos o mentales aplicando criterio o discernimiento, lo que evolucionó hacia hablar (reunir palabras), razonar (reunir ideas lógicamente) y discurso (reunir argumentos).

Por mucho que se enmascare el sentido actual y se pretenda que las palabras evolucionan por uso y contexto, sus etimologías siguen latiendo como verdades reprimidas. Y esas no se dejan domesticar[4]. Por ello, todos esos términos buenistas, grandilocuentes, que promueve la izquierda revelan la verdad oculta de su política, una reducción a la media por envidia aderezada con culpa judeocristiana[5] impositiva como sustituto religioso.

La raíz de nuestra cultura se asienta en Platón y Aristóteles, y ambos defendían que la ἀρετή (areté) «excelencia» es lo esperado de todo ciudadano. Debido a que uno es lo que hace, habiendo buenos hábitos: los uránicos, los que sirven como catarsis purificadora para alcanzar la perfección, y los pandémicos; los comunes al pueblo, a la masa mediocre pero mayoritaria, que por disonancia cognitiva tilda a la excelencia y a los excelentes de elitistas. Elitismo que no se sostiene: vivimos en la era de la información y la mayor tasa de alfabetización de la historia; casi toda la fe humana es accesible mediante un clic, pero el vulgo se decanta por ver reels. Y si cambiamos del plano de la “res cogitans” al de la “res extensa”, existen millones de tutoriales para cuidarse físicamente que demuestran la citada frase: “Do what you can, with what you’ve got, where you are / Haz lo que puedas, con lo que tienes, donde estás[6]. Solo elige la buena dirección, genera el hábito; a eso se reduce la ley, porque uno recoge lo que escoge.

 

REDUCCIÓN A LA MEDIA Y EL PESO DE LA DEUDA AJENA

Si uno escoge el populismo de izquierda, recoge la democratización del mérito en la sociedad: se dogmatiza lo que parece alcanzable por la media, la mediocridad. Esa es la auténtica igualdad que promueven por equidad. Igualdad se formó del latín aequus «llano, igual, plano»[7] más el sufijo –ālis que indica «relación o pertenencia», empleada para describir superficies lisas sin irregularidades, terrenos llanos y uniformes, como el mar en calma y, de manera más abstracta, imparcialidad, de la misma edad o contemporáneo. Aequus igualmente originó equidad: «calidad de lo llano, nivelado». Pero que venden como igualdad para todos, lo justo, “aequum et bonum / lo equitativo y bueno”. Y nada más lejos, porque justo del latín iūstus significa «justo, recto, conforme a la ley, merecido, exacto, con la debida proporción», al formarse del sustantivo iūs, iūris «derecho, ley, justicia, lo que es recto o correcto», más el sufijo -tus «dotado de, que tiene la cualidad de», iūs más -tus suma «conforme al derecho, que posee justicia». Iūs tomó su forma de la raíz protoindoeuropea *yewes- «ley, lo que es correcto o apropiado» y, en consecuencia, posee el sentido de moralmente recto, recto conforme a la ley y no el de nivelado a la media como pretende la igualdad, pasándonos a todos por el mismo rasero[8], legislando el lecho de Procusto, el síndrome de la amapola alta[9]: cortar lo que destaca para mantener la igualdad percibida. Quedando muy lejos de la iustitia romana tal como la definía Ulpiano[10]: «Iustitia est constans et perpetua voluntas ius suum cuique tribuendi / la voluntad constante y perpetua de dar a cada uno lo suyo», según su mérito, dignidad, naturaleza o contribución a la sociedad civilizada. Norma jurídica que pervive como uno de los tres preceptos clásicos del derecho romano que siguen siendo parte de los principios generales del derecho español actual con carácter supletorio e informador: “honeste vivere / vivir honestamente”, “alterum non laedere / no dañar a otro” y “suum cuique tribuere / dar a cada uno lo suyo”[11].

A la igualdad, la izquierda suma el deber de ser solidarios. Solidaridad derivó del latín solidus «sólido, macizo» de la raíz indoeuropea *sol- que transmite la idea de «entero» presente en el origen de palabras como salud, sólido, sueldo y soldado, originariamente el que recibe un sueldo sólido, en monedas de oro llamadas solidi. Algo que no parece un mal en sí mismo, pero el plural nos imprime la obligatoriedad de ser un bloque compacto con los demás. A lo que hay que añadir que el concepto moderno de solidaridad surge a partir de la expresión jurídica romana “in solidum” o “obligatio in solidum”, que designaba una obligación solidaria: varios deudores responden por el todo; cada uno por la totalidad de la deuda, no solo por su parte proporcional, de modo que la obligación es entera y común, sin divisiones. Es decir, el vínculo es “sólido” entre ellos frente al acreedor. De ahí se derivó primero el adjetivo solidario del latín solidarius y el neologismo posterior: «el que está unido de forma sólida o responde en común». La admisión al español no entró por el latino clásico, sino que se acuñó en francés como solidarité a finales del siglo XVIII, especialmente durante la Revolución Francesa, donde adquirió un fuerte sentido político y social de unión fraterna y apoyo mutuo. Concepto bajo el cual pasó al español en el siglo XIX por influencia franca, generalizándose rápidamente. El Diccionario de la Real Academia Española lo incorporó ya con el sentido de «adhesión circunstancial a la causa o empresa de otros» y también a lo jurídico, a «modo de derecho u obligación in solidum».[12]

La apelación a la solidaridad, la cualidad de lo sólido, la moneda, nos carga, nos pena de manera injusta a compartir la responsabilidad o el compromiso, no de forma parcial, sino sufragándolo todo, haciendo deudor total al contribuyente, el trabajador, la persona productiva, la región más rica, etc. Que debe responder por el total de la deuda colectiva, no solo por su parte proporcional según su mérito o contribución ya realizada.  Eso es, una carga adicional que no responde al principio romano de justicia y debe percibirse como una nueva penalización injusta, porque se grava a la gente que produce con la responsabilidad de cargar con quien no produce[13].

Muy afín a lo que realmente nos exigen al inculcarnos tolerancia, cuya etimología se adscribe a castigo, impuesto y tortura. Al surgir del latín tolerantia «paciencia, sufrimiento», cualidad de quien aguanta, de tŏlĕro «soportar, sufrir, aguantar; mantener; aplacar; mitigar» en referencia a llevar una carga, sostener, sufrir, transigir con algo desagradable, de ahí “tolerare dolorem / soportar el dolor”, “tolerare poenam / sufrir el castigo” o “tolerare iniuriam / aguantar la injusticia”. Es decir, soportar algo que por naturaleza uno preferiría rechazar o eliminar, pero que se ve obligado a cargar porque no le dejan quitárselo de encima. Y que derivó de tollere «levantar, alzar, tomar sobre sí una carga, soportar peso» de la raíz protoindoeuropea *tel-, *telə- o *telh₂- «levantar; sostener, soportar», presente en el inglés toll «arancel impuesto, tributo, tasa», conteniendo la idea de «carga fiscal que uno debe levantar, soportar», cognado de otras palabras empleadas para describir el acto de aguantar torturas, castigos o imposiciones dolorosas. En derecho romano y en el latín clásico, la tolerancia no era una virtud positiva, sino más bien una actitud pasiva de resistencia ante un mal inevitable, sufrimiento o frustración impuesto, sin posibilidad de resolución, siendo tolerancia sinónimo de resignación. Por lo que no extraña que tolerar sea cognado directo del nombre griego Ἄτλας (Átlas) «el que carga o el que soporta», que se reconstruye tradicionalmente como a- (prefijo copulativo) más el verbo τλάω / τλῆναι «soportar, aguantar, cargar», procedente de la misma raíz *telh₂- por ser castigado a cargar con el mundo sobre los hombros, algo que por propia voluntad solo los locos pretenden. Otro nombre emparentado es Τάνταλος (Tántalos), vinculado a τάλας «desdichado, que sufre, que soporta» y a ταλάσσαι «soportar, aguantar».
Tántalos fue castigado a permanecer eternamente rodeado de comida y agua que se alejaban justo cuando intentaba alcanzarlas, de ahí su sentido de sufrir, soportar y el de deseo insaciable sin fin.

El término tolerancia se popularizó entre los siglos XVI-XVII en un contexto religioso sobre la necesidad de tolerar a los herejes, pues tras décadas de guerras y persecuciones resultaba imposible (o políticamente inviable) exterminarlos a todos[14]. Y no fue hasta la Ilustración que, vía Locke[15], Bayle[16], Voltaire[17], se retuerce hasta adquirir un sentido positivo como principio filosófico; ya no es “aguantar lo malo”, sino “respetar la diversidad”. Pero la raíz sigue ahí: exigir tolerancia es pretender que alguien soporte, aguante, cargue con algo que le resulta ajeno, molesto, dañino o contrario a su propio derecho, como soportar dogmas, prácticas, personas, cambios culturales o ideológicos que uno no quiere, convirtiéndolo en una imposición moral positiva, dado que el que se niega a soportarla es tachado de intolerante, insolidario o desigualitario.

De nuevo, una forma de imponer un peso que no responde al principio romano de dar a cada uno lo suyo, sino de obligar a uno a cargar con lo ajeno, incluso con lo que considera injusto. Porque, como he dicho, los tres preceptos ulpianos van en dirección contraria: no solo no exigen soportar lo injusto, sino no dañar y dar a cada cual lo que le corresponde.

Dejando claro que tolerancia no significa «respetar la diferencia» ni «amar la diversidad». Cuando se impone, viola de facto el “alterum non laedere”, si lo que se tolera daña a terceros, y el “suum cuique”, si se obliga a uno a renunciar a su propio derecho para soportar al otro. De este modo, los tres términos vistos hasta ahora: igualdad, solidaridad y tolerancia, funcionan como herramientas para imponer cargas que el derecho romano clásico rechazaría como contrarias a la verdadera iustitia.

Y ya que nombro a la diversidad, señalar que esta voz, como las anteriores, es completamente contraria al derecho y la justicia. Diversidad tomó su forma del latín diversitas, de diversus y esta del verbo divertere cuyo prefijo di(s)- indica «aparte, en direcciones distintas, separación» y -vertere «girar, volver, torcer, dar la vuelta» significando en conjunto «girado en direcciones opuestas, desviado, torcido hacia distintos lados, contrario», siendo, por tanto, la diversidad la «cualidad de lo que está torcido o desviado respecto a una dirección recta», es por ello cognado directo de perverso y pervertido, lo torcido del todo hacia el lado equivocado, trastornado o invertido. Y la ley, el derecho, la justicia implican justo lo contrario, lo recto, lo rígido, lo que no se tuerce. Debido a que recto, rectitud, derecho (ius) provienen de rectus, participio de regere «enderezar, conducir en línea recta, regir» de la raíz indoeuropea *reg- «mover en línea recta, dirigir derecho», y de ahí rey «el que dirige recto, regla, regular, rectificar, directo, derecho, lo que está recto». Así en Roma la iustitia y el ius eran precisamente lo recto: la línea recta que da a cada uno lo suyo sin desviaciones. Mientras que la ley, la lex, es lo dicho, «lo escogido y recogido; lo seleccionado y proclamado», que debería ser recto y conforme a la ley, el instrumento que endereza todo y debe obligar en nombre de la justicia a dar a cada uno lo suyo, puesto que cuando se emplea para lo contrario es lex iusta, sino lex perversa en ilación con ley de izquierda, la torcida.

 

ETIMOLOGÍA DE IZQUIERDA Y POR QUÉ NO ES LO RECTO

Lo recto hacía referencia al lado más fuerte del cuerpo, el derecho, que no se dobla ni le tiembla el pulso al aplicar sentencia, en contraposición a la izquierda, que, apelando a la emoción, se dobla. Siendo incapaces de una justicia justa ni de un gobierno recto, debido a que, en compensación por su baja competencia, se adjudican ser cordiales para mantener su autoestima, viéndose a sí mismos como los buenos, aglutinando a los torpes, los improductivos, envidiosos de la alta competencia ajena, a los que atacan a modo de compensación tildándolos de baja cordialidad[18]. De ahí su discurso, amparándose en que ellos son los buenos, víctimas de la derecha sin corazón y que no pueden concebir no estar del lado del pueblo o perjudicarlo.

Izquierda del euskera ezkerra «izquierda» fue un préstamo al romance medieval para reemplazar el latín sinister «izquierdo; perverso, adverso, torcido», por las fuertes connotaciones negativas adquiridas al indicar lo malvado o desfavorable, dado que los augurios siniestros eran considerados malos presagios. No obstante a pesar del cambio, August Mahn señaló que ezker constituía la suma de esku «mano» más oker «torcido, equivocado, desviado»[19], Corominas matizó esta propuesta y planteando una posible la relación con celtismo antiguo kerros «torcido»[20], de lo que resulta «mano torcida o mano torpe», confluyendo con la conceptualización en diversas culturas que perciben a la mano izquierda como incompetente, por lo que lo izquierdo nuevamente posee un halo de mal augurio, lo siniestro, demostrando la tozudez del inconsciente que mediante los juegos de palabras manifiesta la verdad que el yo trata de reprimir u ocultar. A lo que se suma un señalamiento arquetípico mediante la etimología popular que deduce el nombre de Aker, el macho cabrío del aquelarre, a la conjunción adar «cuerno» más oker, resultando «cuernos torcidos». Algo que en lo tratado no es banal, debido a que simbólicamente en multitud de culturas los cuernos simbolizan el poder divino y el real, la regencia, la protección, la fertilidad, la fuerza física y la vitalidad, y en consecuencia, dicha atribución remite al poder torcido y la inestabilidad física.   

De todo ello se deduce que la izquierda no evoca rectitud, sino su antónimo, lo torcido, lo adverso, lo débil o desfavorable. La mano mala, torpe, asociada al diablo cornudo en las tradiciones cristianas y el lado que corresponde a los condenados al infierno, por sus malos hábitos y baja competencia. En el protestantismo esto se rompe: promulga la salvación para todos por Sola Fide, por fe simple, no por méritos ni obras, por lo que el esfuerzo moral desaparece; la salvación se hace inclusiva al desviado, inclusive al criminal por justicia imputada, una perversión suprema al rechazar la excelencia como elitista. Y de ese barro, el lodo que vivimos proyectado como fango. En 1789, los de la izquierda eran los radicales, igualitarios absolutos, antirreligiosos, redistribuidores, lo que evolucionó al socialismo y al progresismo con énfasis en la igualdad aritmética (nivelación), solidaridad in solidum (carga colectiva), tolerancia ilimitada (soportar lo ajeno), diversidad (torcer lo recto), inclusión (encerrar sin límites), secularización (lo contemporáneo sin raíces fijas).

La apuesta por lo secular, lo coetáneo, el zeitgeist del momento, corta raíces y borra las barreras éticas fijas, aun cuando un ciudadano, el «perteneciente a la ciudad» y, en sentido amplio, a una civilización, es el que está arraigado, el que tiene raíces, por cuanto civis posee origen en la raíz protoindoeuropea *kei- «echar raíces, acostarse, cama». Por eso a la izquierda le da igual barrer a sus ciudadanos abogando ser inclusivos con el multiculturalismo de sustitución. La disolución del límite es arrojarnos al suicidio amónico, al no importarles que el vacío dejado por nuestras raíces cristianas borradas lo llene el islam represor con la vista fija en el futuro. Dado que a la izquierda no le importa nuestra cultura, lo cultivado previo y cuyos frutos no desea recoger y perpetuar. A lo que acontece la manifestación fenoménica de dejar morir el campo, porque el agricultor es la base real de nuestra sociedad civilizada. Agricultor se formó de ager «campo, tierra cultivable» más cultor «el que cultiva, cuida, habita», literalmente «el que cuida y habita la tierra». Cultor deriva de colere «cultivar, habitar, venerar, cuidar», la misma raíz que da cultura y culto, puesto que el agricultor no solo produce comida: cultiva la cultura, la sociedad y hasta lo sagrado. Siendo el cuidado de la tierra lo que permite que exista todo lo demás, la base de la Europa cristiana. Por ello, cuando a Ricardo Corazón de León se le atribuye la invocación a San Jorge durante la Tercera Cruzada (1189-1192), estaba exclamando que luchaba por los campesinos, por los trabajadores de la tierra. El nombre San Jorge, patrón de Inglaterra cuya cruz roja ondea en la bandera británica, proviene del griego antiguo Γεώργιος (Geōrgios), que a su vez deriva de γεωργός (geōrgós), compuesto por dos elementos griegos γῆ (gē o ge) «tierra, suelo» del indoeuropeo *gē- «tierra» más ἔργον (érgon) «trabajo, obra, labor o acción» emparentada con agere «hacer, actuar, mover (es decir obrar)» de la raíz indoeuropea *werg- «trabajo», significando literalmente «el que trabaja la tierra, agricultor, labrador o campesino», la base económica y productiva del sistema feudal carolingio.

Ante un pueblo secularizado, la bandera de San Jorge se repudia, se limita, se prohíbe, porque secular es un término que, por sí solo, no indica una dirección específica o un contenido sustantivo fijo. Funciona más como una postura formal que requiere complementos para adquirir significado concreto. Otra palabra que se suma a la anterior es laico, del latín tardío laĭcus, laico «del pueblo»; así, progresismo secular laico significaría «avance contemporáneo del pueblo», pero ¿hacia dónde avanza y para qué?

Quedando claro que el progreso de izquierdas es romper las raíces, lo cultivado anterior, independientemente de que la dirección del canje sea correcta o torcida, tal como vemos reflejado en el progresismo cultural woke con su inclusión identitaria de therians, trans, transedad, multiculturalidad o el propio islam que se ofende ante la visión de la bandera de San Jorge por recordar la raíz cristiana. Ante este ataque al sentido común, los declarados seculares no pueden oponerse al avance de una nueva religión, ni a psicogénesis masivas, debido a que secular, de latín saeculum «siglo, era mundana o tiempo profano», únicamente significa perteneciente al mundo temporal, lo contemporáneo, lo opuesto a lo sempiterno, lo sagrado.

La izquierda, aunque se denomine progresista, tampoco lo es, dado que el sustantivo progresismo implica una dirección concreta: la de «avanzar hacia delante», que proviene del latín prōgredī, prō- «hacia delante, directamente en frente» más gradior «dar pasos, caminar», de la raíz indoeuropea *ghredh- «andar, marchar». Lo que etimológicamente solo puede significar «marchar en dirección recta frontal, lo recto, lo derecho». Porque hacia delante no es ni hacia los lados ni hacia atrás. Por eso cualquier progreso que se tuerza hacia los lados generando divergencia y perversión o retroceda nivelando hacia la mediocridad es, en puridad etimológica, un oxímoron: un avance que en realidad desciende o se tuerce, un progreso degenerado.

 

EL GRIAL PLATÓNICO ES EL ÚNICO PROGRESISMO REAL

El verbo gradior «dar pasos, avanzar», del que nace progreso (prōgredī) «avanzar hacia delante por gradas», tiene un profundo sentido platónico y neoplatónico: la grada es el escalón del ascenso gradual hacia Dios. Que en el Banquete de Platón es simbolizada como la “escalera del amor (epanabasmos «ir hacia arriba»)”, la misma que después emplean los neoplatónicos Plotino, Agustín y Buenaventura. Es la escalada paso a paso, por grados sucesivos de purificación de excelencia hasta el éxtasis de la Belleza divina.

No es salto súbito, sino un ascenso escalonado mediante las obras y los hábitos excelentes. Por eso el verdadero progreso etimológico y filosófico solo puede ser vertical y gradual hacia arriba, nunca horizontal ni nivelador. Cualquier “progreso” que baje o tuerza hacia la mediocridad es una contradicción de la raíz de la palabra. 

En correlación, el término grial del francés antiguo graal o greal procede del latín medieval gradalis o gradale[21], que designaba un plato ancho y profundo que los sirvientes traen en gradatim, de forma gradual, es decir, “paso a paso” o “por etapas”. Eco que emana del Banquete, el Symposium de Platón, tanto de forma conceptual como en su raíz etimológica misma.

El Symposium es literalmente un banquete donde todo se sirve por grados: no hay un solo discurso. Se va paso a paso: Fedro, Pausanias, Erixímaco, Aristófanes, Agatón, Sócrates, Diotima. Cada intervención es un gradus superior: del amor físico al amor de las almas, el amor de las ideas y de ahí a la visión directa de la Belleza en sí que los neoplatónicos concebían como el Uno.

Aunque, a pesar de la insistencia de la derivación de gradalis de gradus / gradatim, muchos lingüistas modernos la derivan de una forma anterior: cratalis del griego κρατήρ (krater). Pero ello aún refuerza más la visión que señalo, pues el krater era el cuenco central de todos los simposios griegos, un gran recipiente donde se mezclaba el vino y se servía gradualmente a los invitados durante el banquete filosófico. Y al que Platón describe implícitamente en el Symposium conforme de él se va sirviendo copa a copa mientras suben los discursos. Porque el verdadero Grial es el proceso gradual de ascenso del yo hasta el Uno.

En el Banquete, Diotima le revela a Sócrates la escalera del amor, que empieza con un cuerpo bello (lo físico y sensible) y sube al ver que la belleza del alma es superior. Luego asciende a la belleza de las leyes y costumbres. Y de ahí se pasa a la belleza de las ciencias y conocimientos. Hasta que por fin en el último escalón alcanza la belleza en sí, absoluta, eterna, inmutable, sin cuerpo, sin fealdad posible, que genera la excelencia verdadera y la inmortalidad del alma.

Haciendo el chiste fácil, obtener el Grial es marcarse un Platón. Sin embargo y muy a pesar, el vulgo prefiere que sea un objeto material externo que hay que buscar fuera de uno y no un progreso interior respaldado por la excelencia moral, porque así le restan la responsabilidad del ascenso a su yo, acomodándose en un estrato inferior, límbico o infernal pasional dantesco típico de los que no ascenderán al cielo. Los renegados del ascenso, en su decadencia, nos sermonean con esa proclama de la inclusión radical que predica “todos los cuerpos son válidos”, consigna central del “body positive” adoptado por corrientes políticas de izquierda. Y nada más lejos, el concepto platónico de lo bello, τὸ καλόν (to kalon), es la forma eterna, el último escalón visible del Uno, el bien. Puesto que la belleza no es subjetiva, es objetiva y jerárquica.

No es verdad que todos los cuerpos sean igualmente bellos; hay grados. Algunos cuerpos y obras se acercan más al modelo ideal; otros, menos. Platón no es cruel: simplemente dice que la realidad tiene niveles. Y negar esta jerarquía es negar la posibilidad misma del ascenso. La belleza es el motor de las alas del alma, donde Eros es igual a la filosofía, el amor a la sabiduría, la verdad. Sin belleza no hay eros. Y sin Eros no hay filosofía; el alma se queda estancada en lo mortal y lo aparente. El alma fea o adormecida no desea subir. Solo la chispa de la belleza verdadera arranca de las sombras de la caverna y obliga a purificarse grado a grado.

El Eros platónico no es un dios pleno y perfecto, es un daimón, un intermediario: hijo de Penía «pobreza, indigencia, necesidad» y Poros «recurso (manera de salir adelante); paso, camino, vía (física o figurada)». Es pobre, falto, siempre en carencia, pero audaz, cazador de lo bello y lo bueno. Su propio nombre lo manifiesta: el griego ἔρως (érōs) «amor, deseo (carnal/pasional), pasión amorosa», derivado del verbo ἔραμαι (éramai) «desear apasionadamente», es probablemente un sustrato pregriego que se especula esté relacionado con la raíz PIE *h₁erh₂- «dividir, separar»[22] en el sentido de generar deseo por carencia. Es la falta lo que lo elicita a moverse, a desear, a ascender los peldaños. De ahí que Diotima de a entender el amor como un querer poseer siempre lo bueno, lo identificado con lo bello.

Por eso Platón dice que el verdadero amante de la sabiduría es erótico: está enamorado de la belleza, de la verdad, en griego antiguo ἀλήθεια (alḗtheia) «la verdad», como «lo no oculto, desvelado, lo no olvidado», el desocultamiento de la verdad, su recuerdo, de ἀ- (a-) privativa más λήθη (líthi) «olvido, ocultamiento». Lo que ha sido recordado, vuelto a pasar por el corazón por anamnesis. Platón ya lo intuyó con claridad en su doctrina de la reminiscencia: lo que llamamos aprender no es adquisición de algo nuevo, sino, como recoge la popular paráfrasis platóniana: «Lo que llamamos aprender es el recuerdo de nuestro propio conocimiento».

Martin Heidegger interpretó el verbo ἀληθεύειν (alētheúein) como unverborgenheit, un “desocultar los entes en su ser”[23], como crítica a la tradición metafísica occidental que redujo la verdad, el latín verĭtas, a la concordancia “adequatio rei et intellectus / adecuación de la cosa al intelecto o del intelecto a la cosa”[24]. Señalando que, al nombrar inadecuadamente, conceptualizamos mal. Hay que tener en cuenta que poseemos pensamiento abstracto porque hablamos, y de ahí estriba la necesidad del uso de la palabra correcta, dado que la verdad es la adecuación precisa entre el juicio, el intelecto y la realidad (res).

Verdad del latín verĭtas de vērus «verdadero, real, auténtico, genuino» deriva del indoeuropeo *wer-7 o * u̯er- «verdad» en relación a ser confiable, lo fiel. De ello se deduce el inglés true / truth del antiguo inglés trēowe «fiel, leal». Uno quiere ser fiel a uno mismo por apego a su yo, pero lo que realmente importa es ser fiel a la verdad. Y en este sentido hay un cruce semántico poético dada la homofonía entre la raíz *wer-7 «verdad» y *wer-5 «hablar» en el sentido de la importancia de decir lo verdadero, hablar con verdad, siendo fiel a la palabra, otorgándole confiabilidad, haciéndonos revelar el conocimiento ocultado e inconsciente que poseemos. Claro que ambas raíces no poseen un origen común confirmado, pero el inconsciente se manifiesta en los juegos de palabras.

En la misma línea de necesidad de veracidad, Platón rechazó que el arte fuera una mera expresión subjetiva o inclusiva indiscriminada. Proponiendo que la belleza es el criterio del arte, puesto que el buen arte imita la forma y eleva el alma hacia lo divino. Por el contrario del arte malo, que es solo mímesis, una “phantasmata” que imita solo apariencias feas o engañosas y arrastra el alma hacia abajo. Para Platón, un artista que celebrara lo mediocre, lo grotesco o que todo vale no era un artista: era un hechicero que multiplicaba las sombras de la caverna. Convirtiéndose así el concepto platónico de belleza en la salvaguardia más radical que existe contra la mediocrización y una defensa acérrima de la verdad, que no todo es bello. Y precisamente porque no todo es bello, se puede mejorar, se puede ascender, se puede rozar lo divino responsabilizando al yo, no excusándolo en que se es válido como se es, sino trabajando por acercarse a lo bello absoluto que ensancha el alma.

Plotino declaró la belleza como el motor mismo del ascenso interior; para él es la luz del Uno que ordena el caos. Negarla o igualar todo es hundir el alma en la materia informe, y destroza la idea fácil de que la belleza es proporción o “equilibrio”.[25] Según él, nada que sea simple es bello y el alma reconoce la beldad al instante al comparar la forma exterior con la que lleva dentro; por ello el alma elevada apunta alto. Así los neoplatónicos adoptaron la belleza iconódula como el rostro visible de Dios, y el cristianismo heredero de este pensamiento impulsó la producción artística desde la Edad Media hasta el Barroco para transmitir las verdades del evangelio y embellecer la fe. Al ser el verdadero Grial, el ascenso en gradatim hacia la belleza absoluta. Lo que no gusta a los que son incapaces de practicar la excelencia moral de la templanza por el esfuerzo que acarrea, generando la envidia de los zurdos ante la prosperidad ajena por buenas obras. Un señalamiento arquetípico, porque envidia, en latín invĭdĭa, de invidere, es «mirar adentro, meter la mirada dentro o el ojo dentro» al formarse mediante el prefijo in- «hacia el interior» y videre «ver», pero no les gusta poner el ojo adentro, sino en el otro.         


LOS MALDITOS DE LA IZQUIERDA

Malditos se formó del verbo dicere de la raíz indoeuropea *deik- «indicar, mostrar», seguramente en referencia a señalar con el dedo o la mano, de ahí que originara el latín digitus «dedo», por lo que algunos diccionarios etimológicos[26] sugieren que el sentido original de esta raíz fuera dedo o mano como medio de indicación. Así los malditos, por esas gracias del inconsciente, vuelven a ser los de la mala mano, los zurdos. Título despectivo cuyo origen parece ser un sustrato prerromano de la península ibérica cognado del portugués antiguo churro o churdo «ruin, vil, sucio», y que según Corominas[27] se emparenta con el vasco antiguo zur «avaro, tacaño, agarrado, miserable» y zurrun «inflexible, rígido, pesado, duro, torpe». Precisamente los zurdos eran vistos como avaros de destreza, rígidos y no fluidos (aunque proyecten que sí con lo woke), pues este es el sentido romano para zurdo, el de la mano torpe, agarrada, rígida y avara de habilidad, al contrario de la mano derecha, la diestra, la hábil, la maestra, generosa y recta, dado que ambas palabras, derecho y diestro, vienen del indoeuropeo *reg- «mover en línea recta, dirigir derecho». La envidia de habilidad de buenas obras es claramente la carencia hiriente de la izquierda, porque les excluye anímicamente del cielo por ser el cristianismo católico romano la raíz religiosa de España. En el credo católico, la salvación es por gracia, pero se recibe y se conserva mediante la fe que actúa por la caridad y las buenas obras. No basta con creer intelectualmente o tener una fe muerta; hay que hacer hábito de la excelencia mediante las virtudes morales. Pues a través de las obras se es justificado y no solo por la fe, porque es mediante la fe en cooperación con las buenas acciones que aumenta la justicia. Por eso el catolicismo español ha sido muy de obras: romerías, procesiones, limosnas, ayuda al prójimo como camino de salvación.

Algo curioso de la izquierda es que me retrae al asalto protestante ya comentado, que forzó la inclusión mediante la adhesión a la salvación sin obras, únicamente por “sola fide / solo por la fe (sentimiento o creencia subjetiva)” en desafío a las estructuras tradicionales y sagradas, democratizando la igualdad espiritual sin méritos (obras objetivas).  Como análogamente la izquierda, en su ausencia de límites, hace inclusivos a hombres diversos debido a su identidad de género (sentimiento subjetivo) en los vestuarios de niñas y mujeres (realidad biológica tangible), pisoteando los derechos y la protección de los más vulnerables frente al abuso.

Lo de inclusión “sin obras” resonó en otros movimientos sociales, influyendo en el individualismo moderno y corrientes liberales-progresistas, similarmente a su efecto en la herejía del antinomianismo, del griego anti- «contra» y nomos «ley»; doctrina teológica, principalmente cristiana, que rechaza la obligación de seguir leyes morales o normas religiosas, argumentando que la salvación se obtiene exclusivamente por la fe y la gracia divina, sin necesidad de obras o obediencia externa. Y que en su forma más extrema, se interpreta como una licencia para pecar debido a que la fe excusa el pecado porque la gracia de Dios lo cubre automáticamente, sin requerir arrepentimiento continuo ni esfuerzo moral por evitar el mal. Apreciándose un parecido ontológico al antipunitivismo liberal radical de la izquierda que su progreso degenerado trata de implantar: ver al reo como víctima de la sociedad por causas estructurales a fin de absolverlo sin castigo ni esfuerzo correctivo. De este modo se diluyen los límites de la propiedad privada y física, suprimiendo la agencia moral personal; es más, uno, por carencia, tiene derecho a acceder al cuerpo del otro, justicia sexual lo llaman, e incluso ciertas corrientes queer y académicas abogan por despenalizar la pedofilia y la zoofilia.

 

LA TRAMPA DE LA EMPATÍA, LA INCLUSIÓN QUE ENCIERRA Y EL TERGIVERSAMIENTO DE FEMINISMO

Los medios insistentemente nos conminan a tener empatía, terrorífica palabra sumamente explotada por la izquierda. Empatía es un cultismo moderno que nos llegó a través del inglés empathy, acuñado en 1908-1909 por el psicólogo británico-estadounidense Edward Bradford Titchener como traducción exacta del alemán einfühlung «sentir dentro». Este término fue introducido en 1873 por Robert Vischer en su tesis: “Über das optische Formgefühl / Sobre el sentimiento óptico de la forma” para explicar cómo el observador proyecta sus emociones en la forma de un objeto, convirtiéndose en una «simpatía estética» o proyección sentimental: un acto íntimo de conexión emocional que permite al sujeto «sentirse dentro» del objeto o la persona. Posteriormente, fue Theodor Lipps quien sacó einfühlung del ámbito puramente estético y lo llevó al terreno de la psicología y la comprensión de otras mentes en su obra “Ästhetik / Estetica” de 1903-1906.

Tanto el alemán einfühlung como el inglés empathy se construyeron como calco directo del griego antiguo ἐμπάθεια (empátheia), compuesto de: ἐν- (en-) «dentro de, hacia el interior (asimilado ante p como em-)», más πάθος (páthos) «padecer, sufrir», indicando en sentido más amplio: aflicción, dolor, afecto mórbido, enfermedad, infelicidad, padecimiento del alma; lo que le acontece a uno, ser afectado pasivamente, lo que cae sobre alguien», que se formo mediante la conjunción del verbo πάσχω (páschō) «padecer, sufrir, experimentar lo que le sucede a uno» de la raíz indoeuropea *kʷenth- «sufrir»; más el sufijo de cualidad -εια (-eia) que indica «el estado de».

Galeno de Pérgamo (129-c.216 d.C.), el médico más renombrado e ilustre de la antigua Roma, utilizaba el término empatía con el significado de «sentimiento, dolencia intensa».[28]

Y, por tanto, según el sentido puro de sus raíces, cuando se nos exige tener empatía por el otro, literalmente se nos está imponiendo internalizar una afección negativa ajena, sentir en nuestro adentro el sufrimiento, padecimiento o enfermedad del otro, una invasión pasiva, una obligatoriedad de absorber el sufrimiento ajeno sin filtro activo. Y si además de empatía nos exigen tolerancia, el mandato es: resignarnos a enfermar por el otro. Al respecto, los perversos narcisistas siempre claman: "¡Ten empatía hacia mí!”, lo que etimológicamente equivale a: ¡enférmate de mí! De esta voz, a través del latín patior, passus, más sufijo –iō, nos legó pasión (passiō) «el acto de padecer, padecimiento, sufrimiento recibido». De lo que resulta que pasión es igual a padecimiento en sí, mientras que empatía es sufrimiento dentro de uno. Por tanto, la empatía es cognado de pasión, que en su significado bíblico posee dos acepciones principales: La aflicción física y espiritual de Jesucristo desde Getsemaní hasta la cruz (denominada La Pasión), y los anhelos descontrolados o impulsos fuertes (obras de la carne) que lo separan de Dios. Ilustrando un profundo amor redentor o, en contraposición, una inclinación destructiva hacia la concupiscencia, un anhelo intenso, desordenado y excesivo de bienes materiales o deleites sensibles, especialmente de índole sexual o sensual. Que en la teología moral cristiana, se percibe como una tendencia humana hacia lo prohibido o la gratificación excesiva, funcionando como una predisposición hacia la transgresión y el pecado.

Ya en este punto, voy a analizar lo que dice realmente la izquierda cuando llama a ser inclusivos abogando por los derechos humanos. La inclusión es claramente una disolución del límite, de nuestro límite y el ajeno, y a ciertas alturas de la vida uno ha debido comprobar lo importante que es marcar límites respecto al otro. Si se pone la inclusión en relación con la palabra justo, esta última implica que posee la medida apropiada; por el contrario, inclusión es cerrar dentro, encerrar, meter a la fuerza en el mismo círculo y atrancar la salida. Se trata, pues, de una palabra violenta, que significa que no te van a dejar salir, que vas a estar obligado a convivir con los diversos, los torcidos, los pervertidos que han encerrado contigo, dado que no nos es fácil romper las raíces, lo sembrado y escapar.

Inclusivo procede de inclusio, -ōnis, sustantivo de acción «de encerrar dentro», que evolucionó del verbo inclūdere, formado por el prefijo in- «dentro, hacia el interior» más claudere «cerrar, clausurar, encerrar, atrancar», que procede de la raíz protoindoeuropea *kleu- «gancho, clavija» que da llave.

La izquierda progresista, feminista, antirracista y que apoya movimientos sociales usa a menudo las palabras aliado, aliada o aliades (en lenguaje inclusivo). Esta combinación de términos también crea más grilletes mentales, ya que la palabra aliado proviene del latín alliātus, que significa «atado a, unido a, ligado a». Formada mediante el prefijo ad-, que significa «hacia, a», y el verbo ligāre, que quiere decir «atar, ligar». Lo que implica una unión fuerte, casi como un atarse mutuamente para un propósito militar, político o social. En épocas antiguas, era habitual su uso en uniones matrimoniales, tratados o confederaciones. Resulta intrigante su empleo por laicos seculares, o en realidad no, si consideramos que todo -ismo, progresismo, feminismo, antirracismo, socialismo, etc., funciona como sustituto religioso. Existiendo una analogía semántica entre las ideas de atar, yoga de *yeug- «unir» o el religar del latín religio que da religión, re-ligare «volver a atar, ligar».

Desvelándose que el sentido de la vida siempre se manifiesta, asalta la conciencia aunque esta no lo entienda. El inconsciente siempre nos insta a producir frutos de buena calidad, ser prósperos, nutricios, que ahí, en las obras, radica la felicidad, la εὐδαιμονία (eudaimonía), palabra formada por el prefijo eu- (εὖ) «bien, bueno», δαίμων (daimōn), voz ya mencionada y que significa «espíritu, genio, divinidad menor», y el sufijo  -ία (-ía) que indica «estado, condición o cualidad». En otras palabras, la eudaimonía hace referencia a la capacidad de lograr un espíritu benévolo, una especie de guía o entidad que simbolizaba el potencial de nuestro yo superior o la atracción de la fortuna, la suerte y la prosperidad al dejarse guiar por él. Porque daimōn deriva de la raíz verbal griega δαίομαι (daíomai) «dividir, distribuir, repartir». Siendo el daimōn el que distribuye, ya sea el destino, la suerte o la porción de vida), de lo que resultaría que la y eudaimonía sería una distribución buena o un reparto favorable de una vida bien repartida o dispensada por el espíritu, un florecimiento pleno que Aristóteles en Ética a Nicómaco convierte en el τέλος (telos) «meta, propósito», el fin último de la vida humana, no un sentimiento pasajero sino la bienaventuranza de la realización de todo nuestro potencial que se alcanza mediante la areté «excelencia» y la razón. La felicidad es, por tanto, tener un daimōn favorable que nos lleve a nuestro mejor yo.

Aquí hay que tener presente que, para conseguir un buen daimón, uno no ha de ser meramente bueno en el sentido moral convencional, sino que ha de aspirar a ser bello, excelente, porque en el pensamiento de Platón lo bello y lo bueno están tan íntimamente unidos, al ser lo bello el camino más potente e impulsor hacia lo bueno. Dando el ideal de la καλοκαγαθία (kalokagathía) paradigma ético-estético de la antigua Grecia que amalgama la belleza física con la virtud moral y la valentía. Uniendo kalós «bello, hermoso» y agathós «bueno, noble», dado que lo bello y bueno da buenos frutos.

En este sentido, lo femenino está ligado a la productividad generadora: al ser la mujer fuente de nutrición, vida y frutos (literal y metafóricamente). Eso es la felicidad, también conocida como felicitas, vocablo que surgió de la misma concepción de una producción abundante que conlleva prosperidad y satisfacción.

En consecuencia, la etimología del vocablo feminismo remitiría a la doctrina de producir buenos frutos de la mujer nutricia, que es lo que realmente otorga felicidad y eudaimonía.

Feminismo fue un préstamo del francés féminisme, cuya primera aparición en el DRAE: 1914, lo definió como “doctrina social que concede a la mujer capacidad y derechos reservados hasta ahora a los hombres”.  Interpretación que no cambió significativamente hasta 1992, cuando se actualiza a algo más cercano al sentido que se le da actualmente: doctrina que defiende la igualdad de derechos entre hombres y mujeres.

Ahora bien, si se analiza su étimo, resalta lo que en párrafos anteriores he subrayado, en tanto que feminismo se construyó mediante la suma del latín femĭna «mujer, hembra» más el sufijo -ismo del griego -ισμός (-ismós) «doctrina, movimiento, cualidad o práctica sistemática». Lo que significa de entrada «doctrina o movimiento por la mujer, la hembra» Pero que al analizar más en profundidad el latín femĭna procede de la raíz protoindoeuropea *dhē(i)- «mamar, amamantar», lo que por extensión se liga a «producir, nutrir, dar frutos/abundancia», debido a que su núcleo intrínseco se refiere al acto de una madre nutriendo al bebé mediante sus mamas que producen leche y la capacidad de la mujer de producir vida y alimento, de ahí se adscribe a la abundancia que otorga la felicidad. Con base en ello es que los términos latinos filius «hijo; el que mama», fecundus «fértil, productivo, rico en frutos» y felix, -icis «fecundo, fértil, productivo», que evolucionó a felicitas, -atis «felicidad, fortuna, prosperidad, alegría», surgen de la raíz *dhē(i)- lo mismo que femĭna.

 

LO NO DICHO, LO OMITIDO, TAMBIÉN ES LENGUAJE           

El trastrueque semántico que se da al sustituir civilización, con su carga de ciudadanía asentada en raíces, deberes y rectitud compartidos, por sociedad, con su énfasis en lo comunitario, lo seguidor y lo inclusivo sin límites, también es otra trampa, otro vaciado. Porque el civismo no es mera socialización; implicaba la práctica de las excelencias morales: prudencia, justicia, templanza, fortaleza. En Roma, ser civis no era solo estar, sino participar activamente en lo recto (ius), con obligaciones proporcionales al estatus. Cicerón lo expresó claramente en “De Legibus / Sobre las leyes”, donde defiende reiterativamente que la verdadera ciudadanía implica obediencia a las leyes justas (tanto civiles como naturales). Y que la ley verdadera es la recta razón conforme a la naturaleza, “ratio summa insita in natura / la razón suprema inherente en la naturaleza”, universal e inmutable, y que nadie puede eximirse de ella, ni Senado, ni pueblo. Enfatizando que todo ciudadano debe someterse a las leyes para preservar la res publica, y que desobedecerlas equivale a apartarse de la comunidad cívica.

Comparativamente con civilizatio, el latín societās, -ātis, se formó de socius «el que sigue a otro, seguidor, aliado, compañero» más el sufijo -tās «cualidad o estado». Socius parte de la raíz protoindoeuropea *sekʷ- «seguir», madre etimológica de secundar y secta. El vocablo sociedad, por tanto, destaca la cualidad de seguir al otro: estado de seguidor. Es la condición de quienes van detrás de alguien o de algo. Hay dirección, hay jerarquía implícita, hay un camino que se sigue, salvo que no manifiesta a dónde. Cambiando civilización, raíces, lo cultivado, la cualidad de vivir en la polis ordenada por leyes, virtudes y razón, el proyecto platónico como ascenso colectivo hacia el bien, construir la ciudad ideal donde el alma pueda subir en gradatim por la conceptualización de seguir, ser una masa de seguidores pasivos de un progreso que no es tal porque es un vaciado, no son ciudadanos que construyen polis; solo son socii que siguen al que va delante, emparentándose al concepto mitläufer, término acuñado durante los juicios de Núremberg para nombrar a los tibios, indiferentes, pusilánimes y cobardes que no hicieron nada contra la barbarie nazi dejándose arrastrar por la nueva normalidad. El alemán mitläufer significa «seguidor, simpatizante» de mit + laufen «el que corre con». Y ya en este asunto, socializar de socius más el sufijo verbal –izare indica «hacer que algo sea», «convertir en», es decir, hacer que alguien se vuelva “seguidor”, convertirlo en parte del colectivo, el que sea, que no hace falta que esté enfocado a lo alto, la belleza y el bien recíproco, mediante su purificación por obras o hábitos excelentes, que es lo que se espera de todo ciudadano; eso es lo cívico: subir juntos hacia el Bien desde las raíces. Platón ya lo registró en la República (Libro VIII): cuando la democracia degenera en tiranía, la polis deja de formar ciudadanos y solo produce demos que siguen modas y pasiones. Plotino lo llama “fusión con lo inferior”: el alma se ensucia de materia informe, el grial interior, la responsabilidad de esculpirse a sí mismo.

El socialismo de socius más -ismo «doctrina, creencia, sistema», como sustituto religioso, dogmatiza el seguir juntos, aunque sea para caer al pozo, pues es la doctrina de lo comunitario, de lo común que no cree en el Uno y la Belleza, sino en el colectivo mismo que no le exige pulirse. Secta perfecta, en la que el ideal es adorar al nosotros como si fuera Dios. En él todos los cuerpos son válidos, todo arte es arte y toda perversidad es normal mientras tenga seguidores que generen un colectivo en torno a ella.

Y como todo ha de ser tolerado, socializado, se llenan nuestros barrios de personas de otras culturas en nombre de la multiculturalidad, la diversidad y los derechos humanos. Obligándonos a convivir, obcecada como está la izquierda en la fantasía del buen salvaje de Rousseau, con bárbaros incivilizados. Aunque salvaje no implica solo al extranjero, sino a todo aquel que no se arraiga a lo recto, pudiendo ser dominado por su hybris, una desmesura y excesos sin límites.

La multiculturalidad que importa salvajes, es un hachazo directo a nuestras raíces, a nuestro modo de ser cultivados. Los derechos humanos son una proclama que se aplica para argüir que todos somos válidos y exigir derechos, cosas que nos deben dar, pero sin obligaciones. Y en realidad es otro término mal empleado, porque no invoca dar derechos, sino recoge la obligación interior de enderezar el barro o la acción de hacer recto lo que es de tierra, lo nacido del suelo. Demostrándose nuevamente que el mensaje del inconsciente tozudo siempre nos exige perfección. Es un llamado a esculpirse, puesto que dirigere más homō es igual a hacer recto al barro. Tal como promulgó Plotino: «Como el escultor de una estatua que debe salir bella… tú también quita todo lo superfluo, alinea todo lo torcido, limpia y abrillanta todo lo oscuro».[29]

Debido a que derecho del latín directus es el participio de dirigere «dirigir, enderezar, hacer recto, poner derecho», cuya raíz indoeuropea es reg- «mover en línea recta, gobernar, enderezar»; por ello de ella salen recto, rectificar, regir, rey, derecho (lo justo). Tanto humano del latín hūmānus como homō «hombre» surgen de la raíz indoeuropea ǵʰem- «tierra, suelo, barro». Humano literalmente significa barro, lo terreno, lo hecho de arcilla, similarmente a Adam del hebreo אֲדָמָה (ʾădāmāh) «tierra, suelo, arcilla» o la estatua que esculpe Prometeo.

Otra burla inconsciente que el común no pilla reside en que la máscara de barro torcida y hueca que uno constituye y valida buscando excusas para no enderezarse, gusta de llamarse a sí misma persona, del latín persōna, la máscara teatral que llevaban los actores en el teatro romano, probablemente con origen en el etrusco phersu «máscara», relacionado con el griego πρόσωπον (prósōpon) «rostro, máscara, personaje», que dio paso al sentido de «personaje, rol, individuo». Pero el núcleo sigue siendo máscara: algo externo, falso, representación y que por extensión implica etimológicamente ser un payaso, de pagliaccio «saco de paja u hombre de paja», dado que máscara procedió del catalán o provenzal mascarar «tiznar», con origen en el italiano maschera «careta; disfraz», que a su vez es una derivación del árabe más-hara «antifaz; payaso; bufón» relacionada con el verbo masáhir «burlarse de alguien; bufón con máscara».

Advirtiendo que las personas son payasos ridículos cuando se creen individuos, somos seres sociales sujetos al grupo; fuera del grupo, fuera de la crianza con otros, el ser humano no es nada, porque nuestra fortaleza reside en el grupo, en los otros. Coged a un individuo que pregona la izquierda y soltadlo en el monte a ver cuánto sobrevive solo sin los medios fabricados por la humanidad.

Platón y luego Aristóteles ya sentenciaron que el hombre es zoon politikon «animal político». Necesita la polis. Pero la polis no es un rebaño de seguidores. Es la comunidad de individuos indivisibles que se enderezan juntos hacia el Bien. Por el contrario: “el alma que se disuelve en el grupo (en la materia informe, en la corriente) se vuelve fea”.[30]

Similarmente, cuando se exige justicia social, el inconsciente vuelve a traicionar a los seculares, los que por la moda contemporánea de turno reniegan de lo sagrado, sus raíces. Al nombrarla, llaman sin saberlo a ser seguidores de un vínculo sagrado, la ley correcta, clamando ser seguidores de lo justo conforme a la unión sagrada. Dado que la raíz de justicia es *yewes- «ley, lo que es correcto o apropiado», cognado directo del latín iugum «yugo» y emparentada con la raíz *yeug- «unir», de donde surge el sánscrito युज् (yuj) «unir, atar, yuntar», la raíz de योग (yoga).        
El yoga, cuya práctica en gradatim se estructura en ocho pasos o miembros, el Ashtanga Yoga, diseñados para alcanzar la iluminación y la paz interior, yendo más allá de la mera práctica física. Incluyendo: Yamas (códigos morales), Niyamas (observancias), Asanas (posturas), Pranayama (respiración), Pratyahara (control sensorial), Dharana (concentración), Dhyana (meditación) y Samadhi (iluminación/unión con lo divino).
Así, al exigir justicia social, se está invocando sin querer al deseo anímico de ascenso gradual hacia la unión sagrada y la rectitud vinculada, no a una nivelación horizontal, ni a una carga colectiva in solidum.

 

LA TENDENCIA DE LAS ÉLITES A INGRACIARSE HACIA ABAJO  

La tendencia de los individuos de posición elevada es esforzarse por parecer cordiales, buenos, interactuando a tal fin con individuos de menor estatus y minimizando su propia competencia. Con el objetivo de proyectar una imagen de justicia e igualdad, respaldan a los menos privilegiados con el fin de disminuir la envidia y la disparidad social[31]. Desean conservar el poder sin provocar repudio ni competencia con sus pares, ya que en una democracia, el poder se encuentra en la población, en los votantes, no en la aristocracia virtuosa, que supondría el gobierno de los mejores. Esto no es especulación; el Modelo de Contenidos de los Estereotipos (Fiske et al.) y la investigación clave de Swencionis & Fiske “Promote up, ingratiate down / Promueve hacia arriba, congráciate hacia abajo[32] lo evidencian de manera experimental: individuos de alto estatus, al ser comparados con individuos de menor estatus, disminuyen su exhibición de competencia e incrementan la calidez para caer simpáticos. Precisamente lo que realiza la izquierda de salón, que llama progreso al descenso.

Un caso ilustrativo y reciente: el 31 de enero de 2026, durante la manifestación de Podemos en Zaragoza, Irene Montero manifestó literalmente: “Ojalá podamos barrer de fachas y de racistas este país con gente migrante, con gente trabajadora… Claro que quiero que haya reemplazo de fachas, reemplazo de racistas y vividores… tenga el color de la piel que tenga, sea china, negra o marrona”. Aquí se presenta el mecanismo completo: la élite de alta competencia; Montero, con título, guardaespaldas e hijos en escuela privada, reduce su propia competencia, aliándose con el estereotipo de baja competencia más alta calidez, constituido por el inmigrante o trabajador racializado. Su objetivo es crear un nuevo pueblo que, por mayoría numérica, la perpetúe en el poder. Es un “ingratiate down” a escala nacional: sustituir al ciudadano recto y productivo por el votante cálido y dependiente. Torcer lo recto para que gobierne lo torcido.

Para ello apelan a la interseccionalidad, concepto que acuñó Kimberlé Crenshaw en 1989 como préstamo geométrico del punto, línea o superficie donde dos elementos se cortan mutuamente, dividiéndose o atravesándose. Desde la perspectiva etimológica, el latín intersectio, -ōnis, significa «acción y efecto de intersecar», surge del verbo intersecāre «cortar entre, cortar por en medio, dividir», formado por el prefijo inter- «entre, en medio de» más el verbo secāre «cortar, dividir, segar» de la raíz protoindoeuropea *sker- «cortar, corte» y el sufijo -tiō que indica «acción, resultado», es decir, en su conjunto, acción de contar por el medio o dividir por la mitad. Aplicando bien la máxima atribuida a Julio César: “Divide et impera / Divide y domina o Divide y manda”.

El enfoque ideológico de interseccionalidad se utiliza para indicar que las opresiones de raza, género y clase, entre otras, se entrecruzan en un punto, generando vivencias singulares de discriminación. Y que, en la práctica, se utiliza para romper todo en pedazos, fragmentar mediante argumentos victimarios basados en múltiples opresiones y jerarquizar el sufrimiento: a quien acumula mayor opresión se le otorga más autoridad moral, incluso si carece de excelencia, penalizando al competente como privilegiado. Y si no se acepta la obligación de destacar al mediocre por acumulación de victimismo, se tilda a la resistencia al clasismo, cuando en realidad el camino correcto, el recto, es retomar lo clásico, ya que el término latino classĭcus se traduce como «de primera clase, distinguido, eminente o de primer orden». Un exhorto a convertirse en un modelo ejemplar de categoría superior, lo cual es a lo que todo ciudadano en una civilización debe aspirar en aras de la prosperidad recíproca.

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Dios siempre está dispuesto a contactar con uno, pero depende de nuestra voluntad que lo haga.



[1] Freud y Lacan consideraban que el inconsciente no se manifiesta de forma directa y clara, sino que se filtra a la conciencia a través de “formaciones del inconsciente”: el chiste (Witz), el lapsus (acto fallido o parapraxis), el arte (sueños y síntomas incluidos), el absurdo y, de manera especial en Lacan, en el nombre propio, la elección de nombres/significantes o la resemantización que revela el sujeto dividido por el lenguaje, al ser a través de ello que el inconsciente habla pese al yo. Porque para él “el inconsciente está estructurado como un lenguaje”, como sistema de significantes.

[2]Edward A. Roberts, Bárbara Pastor. Diccionario etimológico indoeuropeo de la lengua española. España: Alianza Editorial; 2022.

Julius Pokorny. Indodermanisches Etymologisches Woerterbunch.

E Indo-European Cognate Dictionary. Fiona McPherson, PhD. New Zealand: Wazy Press. 2018. Para esta raíz y las siguientes. 

[3] Para esta palabra griega y las que siguen he consultado a José M. Pabón S. De Urbina. Diccionario Manual Griego. Griego clásico-Español. España; Vox; 2005. El diccionario de griego antiguo en línea: https://www.grecoantico.com/dizionario-greco-antico.php y el Diccionario Etimológico de español en línea: http://etimologias.dechile.net/

[4] Asumo explícitamente la llamada «falacia etimológica» (el supuesto error de derivar el significado actual de una palabra de su origen) como método hermenéutico deliberado. No pretendo hacer lingüística descriptiva, sino arqueología del inconsciente colectivo. Siguiendo a Heidegger, la etimología no es un capricho histórico, sino el desocultamiento (ἀλήθεια) de lo que el lenguaje mismo quiere decir cuando el yo consciente intenta enmudecerlo. Como Nietzsche en la Genealogía de la moral y Lacan en su retorno a la letra, desciendo al etimón no para describir lo que las palabras «han llegado a significar», sino para revelar lo que nunca han dejado de decir. El inconsciente no evoluciona: habla en raíces. Y aquí, el Verbo sigue siendo ley.

[5]La culpa es chantaje emocional impuesto por el protestantismo. Se articula igual el maltrato psicológico de persona a persona que en lo macrosocial, de cultura a cultura.

[6]Cita atribuida a Squire Bill Widener por Theodore Roosevelt en su libro An Autobiography: Macmillan; 1913.

[7]D. Raimundo de Miguel y el Marqués de Morante. Nuevo diccionario Latino-español etimológico. Consultado junto con el diccionario latino-español. Editorial Ramon Sopena, S.A, para esta palabra latina y las siguientes.

[8]Según el informe anual de CCOO (septiembre 2025), el alumnado con necesidades de apoyo educativo ha aumentado un 75 % en seis años sin que los recursos (profesores especializados, reducción de ratios, apoyos) hayan seguido ese ritmo. El resultado es previsible: aulas ordinarias donde conviven seis velocidades de aprendizaje distintas bajo un único profesor. Como denuncia una maestra de Pedagogía Terapéutica, resulta prácticamente imposible avanzar el currículo al ritmo adecuado. En nombre de la “inclusión”, se ralentiza la enseñanza, se rebajan las exigencias y se penaliza el mérito y el talento. Los alumnos brillantes ven frenado su progreso mientras los que más apoyo necesitan reciben una atención insuficiente. Esto no eleva a los de abajo: simplemente nivela todo hacia abajo, violando el principio romano de suum cuique tribuere y la excelencia aristotélica que nuestra cultura siempre exigió.

[9] Tall poppy syndrome (TPS)

[10] Domicio Ulpiano (¿170?), jurista romano y consejero tutor del emperador Alejandro Severo.

[11]Los tres preceptos fundamentales de Ulpiano: honeste vivere, alterum non laedere y suum cuique tribuere, se recogen en el Digesto de Justiniano, 1.1.10.1. Estas reglas ético-jurídicas fundamentales del derecho romano aparecen también en las Instituciones de Justiniano, 1.1.3.

[12] Real Academia Española y Asociación de Academias de la Lengua Española, Diccionario de la lengua española, 23.ª ed. Madrid: Espasa; 2014. https://dle.rae.es/solidaridad.

[13] Ejemplo real y actual: Según el informe del Instituto de Estudios Económicos (IEE-CEOE) publicado en 2025 y recogido por 20minutos, los propietarios de viviendas ocupadas siguen obligados a pagar el IBI completo, la tasa de basuras y los gastos de comunidad durante años mientras el okupa vive gratis en su propiedad. El propio IEE exige eximirlos de esos impuestos porque “paga y calla” no es justicia, sino una nueva penalización al que produce. Eso no es solidaridad: es obligación in solidum impuesta al legítimo dueño, violando el principio romano suum cuique tribuere.   
https://www.20minutos.es/noticia/5696089/0/patronal-reclama-agilizar-los-desalojos-okupas-eximir-los-propietarios-pagar-impuestos-que-puedan-cortar-suministros/

[14]Edicto de Nantes (1598) de Enrique IV: concede tolerancia limitada a los hugonotes tras la masacre de San Bartolomé (1572). Fue un compromiso porque la corona francesa no podía eliminar totalmente a los protestantes. / Paz de Augsburgo (1555): “cuius regio, eius religio”, tolerancia pragmática entre católicos y luteranos.

[15]John Locke (escrito 1685, publicado 1689): A Letter Concerning Toleration (Epistola de Tolerantia).
Argumenta la tolerancia civil como principio racional y cristiano. Es el texto fundacional que populariza el sentido positivo en el mundo anglosajón y europeo.

[16] Pierre Bayle. Commentaire philosophique: sur ces paroles de Jésus-Christ “Contrains-les d’entrer”. (1686). Es el primer gran texto moderno que defiende la tolerancia como derecho moral universal, incluso para herejes, ateos y “erróneos”. Bayle la convierte en virtud filosófica basada en la conciencia errante.

[17] Voltaire. Traité sur la tolérance. 1763.

[18] El impulso o motivo social de “perfeccionamiento de sí mismo” trata de mantener la autoestima alta, para verse como competente y decente, y cuando no es respaldado por otros, lleva a los sujetos, como facilitadores de la desigualdad, a envidiar hacia arriba y despreciar hacia abajo, apoyándose en los estereotipos y otros juicios hacia los demás, que establecen quién es bueno y quién es malo.

[19] Karl August Friedrich Mahn. Denkmäler der baskischen Sprache / Monumentos de la lengua vasca 1855.

[20] Joan Corominas. Diccionario crítico etimológico / Breve diccionario etimológico.

[21]Helinand de Froidmont (siglo XIII) lo explica explícitamente en su Chronicon:            
«Gradalis o gradale en francés es un plato ancho y hondo en el cual los alimentos son presentados ceremoniosamente, de uno en uno […], gradatim (por grados o pasos). En lengua vernácula se lo llama greal».

[22] Michael Weiss. Erótica: On the Prehistory of Greek Desire. Harvard Studies in Classical Philology; 1998.

[23] Martin Heidegger. Sein und Zeit; 1927.

[24] Martin Heidegger. Vom Wesen der Wahrheit, conferencia de 1930. Publicada 1943

[25] Plotino, Enéadas I, 6: "Περὶ τοῦ καλοῦ / Sobre lo bello"; hacia 270 d.C.

[26]American Heritage Dictionary of Indo-European Roots de Calvert Watkins

[27]Joan Corominas. Diccionario crítico etimológico de la lengua castellana; 1954-1957.

[28] Diccionario médico-biológico, histórico y etimológico: Universidad de Salamanca. Entrada: “ἐμπάθεια /  Empatía por Galeno, s. II d.C.

[29] Plotino. Enéadas 1.6,9

[30] Plotino. Enéada I.6

[31]Estrategia de ingraciarse hacia abajo, “ingratiate down”, interactuando con individuos de menor estatus. Swencionis, J. K., & Fiske, S. T. (2016). “Promote up, ingratiate down: Status comparisons drive warmth-competence tradeoffs in impression management”. Journal of Experimental Social Psychology.             
Hacia arriba (con superiores): promueven su competencia (“promote up”).      
Hacia abajo (con subordinados o inferiores): Se ingracian bajando competencia y subiendo calidez.

[32] Jillian K. Swencionis & Susan T. Fiske. Promote up, ingratiate down: Status comparisons drive warmth-competence tradeoffs in impression management: Journal of Experimental Social Psychology; 2016.

 

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